Las cábalas no pudieron más

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Montevideo me dio la bienvenida hace una semana con la cara más amable y tranquila que te puede brindar la capital de un país. Y aunque el patriotismo latía en cada conversación y el deseo de ganar el Mundial se respiraba en el ambiente, para una española como yo era algo de lo más normal en semana de semifinales.

Banderas celestes en los balcones, noticias en torno a Forlán y Tabárez... No se hablaba de otra cosa en todo Montevideo y yo realmente me sentía como en casa.

Bocinas, tambores y caras pintadas. Eso es lo que me encontré al salir de la redacción para embriagarme de la emoción y la alegría uruguaya, para empezar a sentir unos colores que no son los míos pero ya como si lo fueran.

En la cafetería San Rafael conocí a Álvaro, Alicia y Norby, y por fin comprendí qué era una cábala: "Nosotros hemos visto todos los partidos aquí, y hoy no podía ser menos. Si lo vemos en otro sitio seguro que atraemos la mala suerte", me comentaron. Tras un rato de charla imaginando como sería una final España-Uruguay, acabamos haciendo buenas migas y prometieron llevarme de boliche para enseñarme los entresijos de la noche montevideana.

Continué por la calle San José y Jimena, la dueña de un quiosco, estaba escuchando el partido por la radio. "Mi marido no me deja verlo por la tele porque el anterior no lo vi. Dice que hay que seguir el mismo ritual para volver a ganar". Me sorprende tanta superstición. Yo, como máximo, cruzo los dedos y a ver qué pasa.

Siempre me han gustado las arterias principales porque en ellas descubres el verdadero ritmo que esconde una ciudad. El ambiente agitado o la bocina de los coches es un fiel reflejo de lo que puedes encontrar. Y aunque 18 de Julio no me parece excesivamente frenética, lo que vi cuando me asomé por la plaza Cagancha me impactó. Hacia la Intendencia las calles estaban desiertas y solo se veía a los últimos rezagados que bajaban con prisa para ver el partido arropados por la multitud en la gran pantalla. Me encontraba en el limbo, entre la revolución y la paz.

Que la avenida principal de una capital esté vacía a las cuatro de la tarde no es algo que se vea a menudo y a mí, sinceramente, me estremeció. Pienso en la Gran Vía madrileña en silencio, y realmente no tengo tanta imaginación.

Encontré algunos comercios cerrados, pero la gran mayoría continuaban abiertos, a sabiendas de que esa tarde ya no iban a vender nada. Andrea, dependienta de una farmacia, me aseguró que todos estaban ubicados en los mismos lugares que en los partidos anteriores. ¡Este país es pura superstición! Los españoles lo máximo que hacemos es llevar huevos a Santa Clara para que no llueva y rezar a San Judas Tadeo, el patrón de las causas perdidas.

Vendedores ambulantes y artesanos se agolpaban en los aledaños de la plaza más popular de la capital uruguaya. "Más de 7.000 pesos de caja hice en el anterior partido", comentó Carlos. Él no es supersticioso, pero me aseguró que la esperanza es lo último que se pierde, "y los uruguayos tenemos mucha".

Pero no todos estaban contentos. La falta de stock dejó a muchos sin poder vender banderas, lo que me lleva a pensar que los mayoristas eran los únicos uruguayos que no tenían fe en la celeste. ¿O es que la culpa es de los jugadores por haber llegado tan lejos?

Y entonces empataron a uno. El estallido de una afición que no entiende de edades ni clases sociales me empujó a sumarme a los vítores y cánticos a favor de mi país de adopción. La emoción me adentró en la masa, donde se siente con mayor intensidad cada minuto y más se sufre.

Y yo que pensaba que en España se vivía el fútbol y que nuestra afición era la más entregada... ¡Qué equivocados estamos! Comparados con los uruguayos no somos más que una panda de aficionados. Y así lo he hecho saber, por cierto.

Mientras todas las miradas estaban fijas en la pantalla, solo dos personas le daban la espalda con cara de angustia y preocupación. Eran Brian y Florencia. "Yo no puedo verlo. Me pone muy nervioso", me dijo él mientras ella me confesaba que estaba rezando al "Che" Guevara.

Justo al lado, un hombre estaba al mando de un cañón para tirar papelitos por cada gol marcado. Mientras, su mujer no soltaba la estampita de San Expedito. "La tengo agarrada igual que en el partido anterior. Espero que hoy también esté con nosotros", deseó sonriendo. Ya no me queda ninguna duda de que este es un país completamente laico.

Es cierto que la esperanza nunca se pierde, pero la realidad manda: Holanda era un rival muy fuerte y eso era algo que todos los uruguayos sabían. Esta vez ni San Expedito ni el "Che" Guevara hicieron nada por esta selección que bastante bien parada ha quedado. Ganasen o perdiesen, los montevideanos saldrían a festejar igualmente: unos con cerveza y otros con mate, pero la emoción y el orgullo seguiría latiendo en las calles montevideanas. Qué diferencia de país, en España estaríamos todos llorando.